Los bosques están en crisis. Esta afirmación, por más contundente que sea, ya no sorprende a nadie. Es difícil recordar una época en la que los bosques no eran continuamente azotados por incendios y devastados por la producción agrícola, maderera y de combustible. Pero hoy, los efectos de la deforestación ya son ineludibles, y mirar hacia un costado atenta no sólo contra el ambiente en el que nos desarrollamos como personas sino en nuestra propia salud como individuos.
Como se evidenció más que nunca con la pandemia del 2020, las zoonosis son hoy nuestra mayor amenaza. Durante una entrevista con Infobae, el doctor estadounidense Jonathan Quick, líder en materias de salud global y autor de The End of Epidemics, advirtió: “Tres cuartos de los nuevos patógenos se propagan de animales a humanos. La invasión humana de tierras anteriormente salvajes, la deforestación y el comercio no regulado de animales vivos se encuentran entre las acciones humanas que aumentan la posibilidad de pandemias catastróficas”.
Es que la propagación y el surgimiento de enfermedades zoonóticas como el COVID-19 es un indicador de la presión acelerada que estamos ejerciendo sobre los sistemas naturales con nuestros actuales modelos de desarrollo no sostenible. La deforestación y la degradación forestal son los principales factores impulsores de las enfermedades zoonóticas. Cuando están sanos, los bosques son un amortiguador. Pero cuando los bosques son atacados, sus defensas se debilitan, ocasionando la propagación de enfermedades.
