A una velocidad que no se había visto antes en la historia, la ciencia desarrolló en tiempo récord vacunas con aparente eficacia para prevenir el SARS-CoV-2 y poner fin a la pandemia por el nuevo coronavirus que se desató en el mundo a partir de noviembre de 2019.
De todas las que se encuentran en estudio, tres ya presentaron datos preliminares de sus etapas avanzadas y –ante similares niveles de eficacia– comienzan a valorarse las fortalezas y debilidades de cada una, en cuanto a precio y logística de distribución.
Los tipos de vacunas en desarrollo son variados y utilizan distintos mecanismos para enseñar al sistema inmunológico a reconocer al virus con antelación, para que sea capaz de producir los elementos necesarios para combatirlo en caso de infección.
Las candidatas de las farmacéuticas estadounidenses Pfizer y Moderna –esta en colaboración con los institutos de salud de ese país– son bastante parecidas y están sustentadas por tecnologías que no se habían utilizado hasta ahora, por lo que no hay precedentes sobre qué esperar de ellas.
Ambas están compuestas a partir de ácidos ribonucleicos mensajeros (ARNm), una técnica con la que se pueden inyectar en el cuerpo las instrucciones o moléculas que inducen a las células a producir unas determinadas proteínas. En este caso, estos ARNm se utilizan para producir la proteína S (Spike) del SARS-CoV-2, la llave que el coronavirus necesita para entrar en la célula.
Tanto la mRNA-1273 (Moderna) como la BNT162b2 (Pfizer junto con la alemana BioNTech) mostraron efectividad con dos dosis.
